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  • MARTES 21 DE AGOSTO DE 2018
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  • “Yo empecé a torear por hambre. Vengo de la época en la que uno quería ser torero para triunfar y comprarle una casa a su madre, ahora los chavales quieren vender la casa de su madre para ser toreros”.
  • Jalisco, 3 de junio de 2016.- La  hora fatídica llegó a las 18:45 en el Antiguo Hospital Civil de Guadalajara. Hoy falleció el matador Rodolfo Rodríguez a causa de un paro cardiaco. Mejor conocido como el “Pana”, desde hace varias semanas se encontraba ante la corrida más difícil de su vida, más complicada aún que ante aquel toro que el 2 de mayo pasado lo lanzó por todo lo alto, donde el aire lo meció como las banderillas que penden de los lomos de aquellas bestias.

    Esa tarde, todo el peso cayó en las cervicales de este señor de 64 años, quien en alguna ocasión declaró: “Me gustaría morir como Manolete”. El destino es caprichoso y se lo concedió. No se fue tan pronto como el legendario matador, pero luego de quedar cuadrapléjico a causa de aquella cornada, tras el fulminante golpe, sólo era cuestión de tiempo.

    En algún momento, el “Pana” agradeció y maldijo aquel día en que se decantó por el toreo. “Mi día más grande y triste fue aquel en el que quise ser torero. Maldigo ese día”, explicó en su momento. A diferencia de otros, no lo hizo por gusto sino por necesidad. De origen humilde, con un trabajo como panadero, llegó el ofrecimiento y no lo pensó dos veces. Sobre todo luego de haber sido sepulturero y vendedor de gelatinas a causa de la ausencia del padre, un judicial asesinado, y con una madre que tenía que mantener a ocho hijos.

    Originario de Apizaco, Tlaxcala, los años posteriores no fueron fáciles. Se perdió en el alcohol y la renta de amor, mejor mote que el “Brujo de Apizaco”, no le podía quedar mejor.

    “Yo empecé a torear por hambre. Vengo de la época en la que uno quería ser torero para triunfar y comprarle una casa a su madre, ahora los chavales quieren vender la casa de su madre para ser toreros”.

    Como buen fuera de serie, estaba en busca de su identidad, por eso hablaba con acento andaluz, le decía “parné” al dinero y “buñis” a aquellas mujeres que le dieron abrigo en su soledad. “Brindo por las damitas, damiselas, princesas, vagas, salinas, zurrapas, suripantas, vulpejas, las de tacón dorado y pico dorado, las buñis, pues mitigaron mi sed y saciaron mi hambre, me dieron protección y abrigo en sus pechos y en sus muslos, y acompañaron en mi soledad”.

    Hoy, luego de librar una dura batalla por permanecer en un campo de batalla donde libraría más combates ante peligrosos rivales de más de media tonelada, astados, metáfora de aquellos seres malévolos que viven en el imaginario de la gente, el “Pana” se rindió; pero es válido aclarar que sólo en este capítulo, porque será muy difícil que el torero, con todo el amor propio que le caracterizaba, renuncie a que su nombre quede escrito para siempre en los anales de la tauromaquia.

    Rafael Cervantes

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