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  • VIERNES 19 DE OCTUBRE DE 2018
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  • OPINIÓN/ LA COYUNTURA/ Vladimir Galeana 

    Sin lugar a dudas, hay muchas cosas que los mexicanos mantenemos y cuando nos enteramos de su costo nos brotan todos los males, además de un encono acumulado por la displicencia de nuestra clase política para atender nuestras carencias y necesidades, y la falta de probidad o de al menos un poco de consideración para quienes aportamos el dinero que ellos gastan de la forma más alegre y cínica. Ese es el problema de siempre: dinero.

     

    En este país nada funciona si no es con enormes cantidades de dinero, y quienes lo ponemos somos aquellos que tributamos a las estructuras gubernamentales. Para decirlo de otra forma, nosotros los ciudadanos tenemos la obligación de entregar vía impuestos una parte de las utilidades que alcanzamos, aunque sean producto de nuestro trabajo. El fisco no castiga a la riqueza como tal, castiga al que de una u otra forma obtiene una cantidad de dinero producto del trabajo o de cualquier otra actividad.

     

    Claro está que nuestros gobernantes dicen regresarnos parte de ese dinero en servicios públicos y en las comodidades que brinda una sociedad organizada en un espacio determinado, manteniendo calles, banquetas, drenajes, ministrándonos agua e infinidad de servicios por los que tenemos que pagar, y tienen razón, pero en este país los que más ganan son los que más evaden. Y no basta ir tan lejos para entenderlo, simplemente hay que voltear a las fundaciones.

     

    Sí, a las fundaciones de asistencia social donde los grandes empresarios dicen dedicar parte de sus utilidades y lo único que hacen es engañar al fisco, porque se asignan salarios estratosféricos en nombre de esas presuntas labores sociales que desempeñan. No tan sólo engañan al fisco, sino que defraudan a los que si tributamos puntualmente. Pero no sólo por ahí se va nuestro dinero, también tenemos una democracia que nos sale bastante cara y de la que pocos beneficios recibimos. Un ejemplo de ellos son los partidos políticos y sus camarillas de dirigentes.

     

    Por cada mexicano, cada año se entregan cerca de 47 pesos a nuestro sistema electoral. Eso quiere decir que los mexicanos aportamos cerca de cuatro mil millones de pesos para mantener el aparato de nuestra democracia. Y en ella se incluyen los partidos políticos, los suntuosos gastos que hacen los altos funcionarios partidistas con nuestro dinero, y lo que recibimos a cambio es una pobre democracia que hasta ahora de poco ha servido a la inmensa mayoría de los mexicanos.

     

    Y me refiero a la inmensa mayoría porque la raquítica minoría es la que detenta la riqueza del país, mientras que 97 por ciento de los mexicanos padece carencias y aparte tiene que sufragar el costo para que los políticos puedan realizar esa mascarada a la que llamamos democracia. ¿Por qué no tenemos las ganas de parecernos a otras democracias?

     

    ¿Por qué seguimos siendo pobres y los gobernantes insisten en que tengamos una democracia rica? Ojalá pensaran en eso, pero en lo único que piensan es en ellos y sus conveniencias. Al tiempo.

     

    Vladimir.galeana@gmail.com

     

    BPG

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