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México: bandas y autodefensas alimentan creciente violencia


Crédito: AP Photo,, Miembros del grupo vigilante FUPCEG patrulla en Xaltianguis, en el estado de Guerrero, México, el 29 de mayo de 2019. El grupo, fuertemente armado, tomó la localidad expulsando a una banda rival con un coche bomba y descuartizando el cuerpo de uno de los dos enemigos caídos. (AP Foto/Rebecca Blackwell)
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23 de Junio 2019
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XALTIANGUIS, México (AP) — La nueva ley en Xaltianguis, una pequeña localidad en la carretera hacia Acapulco, llegó con un coche bomba y una carnicería.

Una fuerza de autodefensa fuertemente armada tomó el pueblo del estado mexicano de Guerrero el mes pasado expulsando a una banda rival. Hizo estallar un auto con bombonas de gas y descuartizó el cuerpo de uno de los dos enemigos caídos.

Los residentes se escondieron en sus casas o huyeron carretera abajo entre matorrales tropicales. La policía y los soldados que custodiaban Xaltianguis no hicieron nada. Ahora, a unos cientos de metros (yardas) de la base donde se estableció la nueva “policía comunitaria”, marines y policías estatales vigilan la carretera y realizan patrullas por la localidad. Pero no han tratado de arrestar a los paramilitares pese a que la mayoría de ellos portan rifles de asalto ilegales abiertamente.

“Tenemos el pueblo prácticamente blindado por el gobierno. En las entradas del pueblo podemos ver al ejército, la marina y todos los niveles del gobierno apoyándonos en lo que es la protección del pueblo”, alardeó Daniel Adame, el líder del grupo que asumió el control de Xaltianguis.

Esta es una escena que se repite una y otra vez en el sur de México: las llamadas “policías comunitarias” o grupos de “autodefensa”, a menudo acusados de estar relacionados con los cárteles de la droga, han proliferado y extendieron su control sobre el territorio. En esos casos, los soldados, superados en número, no intervienen, en parte por temor a abrir fuego contra civiles.

Muchos esperaban que la violencia en Guerrero disminuyese al tiempo que los opioides sintéticos como el fentanilo tocaron fondo en el mercado del opio que había alimentado a las organizaciones criminales en la región. De hecho, los homicidios en el estado, conocido por su violencia, bajaron un 36% en los tres primeros meses del año.

Pero ahora parece que la nueva oleada de violencia no ha hecho más que empezar, enfrentando a bandas rivales contra escuadrones de autodefensa que luchan por el robo de combustible, las minas de oro y las rutas para mover químicos.

Miles de personas se han marchado por los enfrentamientos, y una tóxica combinación de cárteles, sicarios y fuerzas parapoliciales han neutralizado al ejército mexicano, obligando a los soldados a asumir un papel de meros espectadores, o en el peor de los casos, de rehenes.

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