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Opinión

La Virgen del Rosario de San Sixto

La Virgen del Rosario de San Sixto

Roberto O’Farrill Corona

Ver y Creer

“La Virgen del Rosario de San Sixto”

Uno de los más antiguos iconos bizantinos de la Virgen María, que se veneran en Italia, se remonta a los primeros siglos del cristianismo y se conserva en la capilla del convento de santa María del Rosario, en el Monte Mario, la colina más alta de Roma.

Este sagrado icono estuvo originalmente en la basílica de San Demetrio en Tesalónica, Grecia, desde el siglo V, de donde, para salvarlo de la iconoclastia que destruyó su basílica, se trasladó a Constantinopla y de allí a Roma para ponerlo bajo el resguardo de los monjes bizantinos que, sobre los vestigios de un antiguo templo romano cercano a la Via Appia,  habían edificado en el siglo VI un monasterio con un oratorio dedicado a santa Águeda, capilla que luego cambió su nombre por Santa María in Tempulo debido a que se convirtió en uno de los primeros santuarios marianos de Roma gracias a la presencia del sagrado Icono del que se aseguraba que milagrosamente palidecía el rostro de la Virgen María cada año, del Jueves Santo al Sábado Santo, y que a partir del Domingo de Pascua recuperaba su colorido.

Con ocasión del asalto y saqueo del monasterio, perpetrados por hordas sarracenas en el año 806, el icono fue llevado a la Basílica de San Sisto Vecchio de la Via Appia, donde la imagen mariana comenzó a ser llamada Virgen de San Sixto. En el siglo XII, el antiguo monasterio fue restaurado y ocupado por monjas Benedictinas y en el siglo XIII por monjas Dominicas como parte de la invitación del papa Honorio III a Santo Domingo de Guzmán de residir en Roma. El 28 de febrero de 1221, en compañía de dos cardenales delegados por el Papa y 42 monjas Dominicas, Santo Domingo trasladó el Icono a Santa Maria in Tempulo para fundar allí el convento de Dominicas bajo cuyo resguardo continúa el icono hasta hora, conocido desde entonces como Virgen Advocata o Abogada intercesora.

Las Dominicas tuvieron que cambiar el sitio de su convento en el siglo XVI, llevando el Icono consigo, y luego en 1931 al Monte Mario, a donde acudió a venerarlo el papa san Juan Pablo II el 16 de noviembre de 1986, y el papa Benedicto XVI el 24 de junio de 2010. 

Escrito sobre un tablón de madera con la técnica de encáustica antigua, el icono de la Virgen del Rosario de San Sixto mide 71.5 por 42.5 centímetros y presenta a la Virgen María en el tipo de Hagiosoritissa, la clasificación griega que obedece al icono mariano en el que se presenta a la Virgen María sin el Niño Jesús, solamente ella con su cuerpo ligeramente ladeado y con sus manos levantadas en actitud orante.

Bajo un omophorion de color oscuro, el rostro de la Virgen Madre de Dios luce bellísimo, de nariz fina y recta, con boca dulce y caprichosa de la que parece salir un beso que ruboriza sus mejillas y barbilla, y por debajo de sus espesas cejas con sus ojos grandes fija su mirada en el espectador para asegurarle que ella es su intercesora en el cielo ante su divino Hijo.

A finales de los años cincuenta del siglo XX, el icono fue sometido a una restauración que permitió conocer el motivo por el que de esta imagen sagrada de la Virgen solamente es posible ver su rostro, pues una intervención practicada en el siglo XVIII, comprometió el resto de la pintura.

En efecto, en el Icono sólo se aprecian las formas antiguas en el rostro, mientras que el resto de la imagen se presenta muy estropeado, pues en la restauración antigua se quiso repintar la imagen mediante una técnica particular que consistió en aplicar una pintura extendida sobre una preparación de cera, yeso y cola; pero como la témpera no se adhería a la pintura, el restaurador se vio obligado a irla eliminando hasta que llegó al estrato original de preparación. Se salvó de la furia restauradora el óvalo del rostro, tal vez por su gran belleza o bien porque gracias a la gran veneración que se le profesaba, el restaurador ya no se atrevió a eliminar también el rostro.

Tan grande ha sido la veneración a este sagrado icono, que sirvió como modelo que inspiró su reproducción, en los siglos XI, XII y XIII, en los iconos marianos que se veneran en las basílicas de Santa María en Aracoeli y de Santa María en la Vía Lata, y en el icono de la Virgen de la Intercesión, dela Basílica de los Santos Bonifacio y Alessio en la colina del Aventino, en Roma.

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