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Miércoles 25 de Mayo 2022

La Virgen del Perpetuo Socorro

La Virgen del Perpetuo Socorro
 

El origen de esta sagrada imagen, de acuerdo con una tablilla colocada antiguamente al lado del icono, se ubica en la isla de Creta, en el mar Egeo, de donde fue sustraído de una iglesia por un mercader que lo llevó consigo a Roma luego de verse librado de un inminente naufragio al invocar la protección de la Virgen María.


Roberto O’Farrill Corona

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La veneradísima imagen de la Virgen del Perpetuo Socorro es un icono que data del siglo XI, de la tradición iconográfica bizantina de la Iglesia Ortodoxa y que, por ende, representa hoy un puente de encuentro entre el Oriente y el Occidente cristianos, tanto por la devoción a la Virgen María, como por su historia. En el cristianismo oriental es conocido como la “Virgen de la Pasión”, mientras que en Occidente se le llama “Nuestra Señora del Perpetuo Socorro”.

Escrito al temple en un tablón de madera de 53 por 41.5 centímetros, sobre fondo dorado, el icono muestra a la Virgen María con su divino Hijo sostenido por su brazo izquierdo mientras nos lo presenta, orgullosa, con su mano derecha. A ambos lados de María aparecen las imágenes de los arcángeles San Gabriel y San Miguel sosteniendo elementos de la Pasión del Señor. La Virgen viste túnica roja, manto azul marino y un omophorion color verde, en tanto que Jesús niño viste una toga verde ceñida con faja roja y envuelto por un manto dorado. San Miguel, con túnica verde, sujeta la lanza y la esponja, en tanto que San Miguel, sin túnica, sostiene la cruz y los clavos.

Como es tradición en los iconos bizantinos, los personajes son identificados mediante abreviaturas con letras griegas: IC XC para Jesucristo, MP OY para la Madre de Dios, O AP G para el arcángel Gabriel y O AP M para el arcángel Miguel.

La escena es inquietante porque el Niño Jesús, volteando a mirar al arcángel Miguel, se sobrecoge al ver los instrumentos de la que será su Pasión y los objetos que le darán muerte, y a pesar de que los arcángeles los muestran con las manos cubiertas por un lienzo como trofeos de su victoria sobre la muerte, el Niño se espanta de tal manera que con ambas manitas se aferra a la mano derecha de su madre en busca de su socorro y de su consuelo; y muy conmocionado se estremece tanto que su sandalia se le desprende de su piecito derecho. Su madre, con su mano izquierda atrae a su Hijo hacia su regazo, y sin perder mesura, en actitud hierática y con sencilla dignidad dirige su mirada hacia el espectador del icono. En efecto, ella no es ajena a nosotros, pues nos mira, y nosotros miramos que ella nos mira con maternal ternura.

El origen de esta sagrada imagen, de acuerdo con una tablilla colocada antiguamente al lado del icono, se ubica en la isla de Creta, en el mar Egeo, de donde fue sustraído de una iglesia por un mercader que lo llevó consigo a Roma luego de verse librado de un inminente naufragio al invocar la protección de la Virgen María.

Al cabo de los años, tras la muerte del mercader, la Virgen le reveló a su viuda y a su hija su deseo de ser venerada entre la basílica dedicada a ella misma y la catedral de Roma, “entre Santa María la Mayor y San Juan de Letrán, en la iglesia de San Mateo”, donde fue entronizada por los Padres Agustinos el 27 de marzo de 1499. Allí fue venerada durante 300 años hasta que en febrero de 1798 la iglesia fue destruida por las tropas francesas durante la invasión napoleónica, pero el icono fue rescatado y llevado a una capilla doméstica de los Agustinos, donde con el paso de los años cayó en el olvido.

Providencialmente, 57 años después los Padres Redentoristas adquirieron en 1855 el terreno en el que estuvo la iglesia de San Mateo a fin de edificar una nueva iglesia, y tras enterarse de que allí se veneraba un icono muy milagroso de la Virgen María, se empeñaron en buscarlo, dieron con él en 1863, y en 1865 se lo solicitaron al papa Pío IX para entronizarlo en la nueva iglesia. El Papa lo concedió y pidió: “Denlo a conocer a todo el mundo”.

El tan venerado icono, luego de pasar por una meticulosa restauración confiada al iconógrafo polaco Leopoldo Nowotny, fue trasladado y repuesto en su lugar original, en la nueva iglesia de San Alfonso, el 6 de abril de 1866, a donde acudió el papa Pío IX a venerarlo, y estando postrado ante el sagrado icono, en una especie de éxtasis exclamó: “Pero, ¡qué hermosa es!”.

El 23 de junio de 1867, a petición de los Padres Redentoristas y del Pueblo de Roma, las imágenes del Niño Jesús y de Virgen María fueron coronadas canónicamente en el sagrado icono que une el sacrificio de Cristo al de su Madre, la Virgen del Perpetuo Socorro.